Las fragancias forman parte integral de la identidad de la segunda ciudad más grande de Emilia-Romaña, y un legado de dos siglos da buena prueba de ello. Las raíces del legado perfumístico de Parma datan del reinado de María Luisa de Austria, duquesa de Parma, a principios del siglo XIX. La archiduquesa de Austria y segunda esposa de Napoleón Bonaparte llegó desde Francia acompañada de su gusto refinado por el lujo, y su corte se convirtió en un nexo de intercambio cultural entre artesanía italiana y sensibilidades francesas. Introdujo un programa operístico completo, construyó un teatro e incluso planificó una de las primeras intervenciones de urbanismo público. Pero la novedad que más ha dejado huella es la perfumería local. A María Luisa de Austria le encantaban las violetas que crecían en Parma —la Viola odorata, que ella llamaba cariñosamente “florecita elegante”— y encargó a los monjes del monasterio de la Anunciación que descubrieran formas de extraer su esencia y crearan un perfume. El resultado fue la eau de toilette Violetta di Parma, una fragancia elaborada para ella en exclusiva y cuya receta secreta se protegió durante generaciones, hasta la era victoriana, cuando un curioso barbero parmesano convenció a los monjes para que le dieran la fórmula, que también incluía jazmín, jacinto y vainilla. El joven barbero recreó el perfume y comenzó a experimentar con otras composiciones y extractos botánicos. Pronto ganó popularidad entre la población femenina de Parma y, más tarde, sus clientes comenzaron a llegar de lugares más lejanos. El perfume ya no estaba reservado a la corte: ahora todo el mundo, o al menos aquellos que se lo podían permitir, tenía la posibilidad de probar eso que María Luisa de Austria tanto apreciaba.
Al margen del aroma a violeta, Francia seguía dominando el mercado olfativo. Pero en 1916 se produjo un cambio: el barón Carlo Magnani fundó Acqua di Parma con el objetivo de ofrecer fragancias con un inconfundible estilo italiano, aunque de atractivo internacional. Magnani solía viajar a Nueva York y Londres para comerciar con textiles y buscar obras de arte, pero la nostalgia por su tierra lo seguía allá donde fuera: echaba de menos el sol, los colores y la inimitable alegría de Italia. Quería una fragancia que le recordara su hogar. Parma era el lugar ideal, ya que, gracias a María Luisa de Austria, la ciudad ya contaba con las estructuras adecuadas para la elaboración de perfumes, además de artesanos cualificados. Su aroma inaugural, Colonia, difería de los perfumes intensos de la época: era una fórmula fresca, cítrica, luminosa y alegre que condensaba en un frasco el concepto de sprezzatura. Fue la primera eau de cologne de Italia. Colonia pronto se convirtió en un símbolo de la artesanía italiana, y los caballeros de las sastrerías más refinadas de la ciudad perfumaban con ella sus pañuelos de bolsillo.
Su popularidad se disparó en las décadas de 1940 y 1950 entre la aristocracia europea y las élites de Hollywood y Cinecittà: celebridades como Cary Grant y Audrey Hepburn se rindieron a su encanto, y la perfumería italiana encontró por primera vez su lugar en la esfera internacional. Parma, su lugar de origen, se convirtió en sinónimo de perfumería italiana. Hoy en día, el legado de Parma puede contemplarse en el Museo della Profumeria, un lugar dedicado al arte y la historia del perfume que muestra mediante diferentes artefactos la evolución de la creación de aromas en la región. Pasee por sus salas y no olvide rociarse con Acqua di Parma: verá por qué la ciudad se ha ganado el título de città del profumo.